Hace poco leí, en uno de esos momentos de relajada investigación (traducción: leyendo blogs al tuntún) una frase de un diseñador: “el problema es que los que tienen que decidir sobre el diseño de un producto no tienen ni idea del tema”. Realmente es una queja muy frecuente entre el gremio. Por ejemplo, esto mismo lo dijo alguien que sufre a diario las decisiones de un departamento de producto. Donde decisiones tiende a incoherencias los días pares e indecisiones los pares.
Hace unos meses sufrí, indirectamente, a ese mismo departamento de producto en cierto ministerio de cuyo nombre prefiero no acordarme. Pongamos, para simplificar, que se llama Mordor: un edificio poblado por tribus de orcoficinistas cordialmente enfrentados (del buenrollismo de funcionario hablaremos otro día).
Hallábame, a la sazón, en el susodicho Mordor redimiendo condena y alicatando el baño de ejecutivos. El problema estaba en que los que debían decidir el tipo, tamaño y color de los azulejos no sólo no ocultaban su desconocimiento sobre lo más básico: si poner los azulejos pareados o al tresbolillo, porque no es buena idea alicatar con pladur… sino que no tenían muy claro quien era el experto-barra-responsable (en un ministerio siempre ha de haber un jefe o jefa de negociado que alivie el penoso trabajo de responsabilizarse de una decisión) que había de determinar la forma, color y sabor de los susodichos azulejos.
Así se dieron casos surrealistas como el de la, en principio, sencilla pregunta sobre si los azulejos debían ser rojo chillón o amarillo fosforito que devino en ameno conciliábulo al que se fueron añadiendo el encargado de la masa, luego el aparejador, el constructor (que es de producto, pero parece que menos)… para determinar que eso sólo lo podía decidir otra individua del anteriormente citado negociado de producto. Momento memorable cuando el constructor dijo “eso está en el briefing, seguro”; después de descifrar el citado briefing (alias PowerPoint) el discurso cambió a “está en el briefing de los que están pintando los trasteros, seguro”. ¡Ah, la seguridad de los expertos!
Hubo, en ese mismo proyecto, otros momentos memorables, como el apasionado speech de esa persona a quien podemos únicamente identificar como la grávida, echando balones fuera (“pero al final esto lo tiene que decidir la jefa de negociado”) ante el sufriente diseñador del primer párrafo, alardeando de sus múltiples desconocimientos mientras ofendía a todos aquellos que tenían que sacar adelante sus indecisiones… O simplemente tirar adelante con un trabajo del que no había ni documentación ni definición ni perrito que le ladre.
Qué sería de las empresas sin estos divertidos departamentos que deciden sin saber, que encargan (y pagan sospechosamente bien) diseños que nunca se implementarán y que están, en definitiva, por encima de esos pequeños detalles como decidir de qué color tienen que encenderse los azulejos cuando el que entra en el baño de ejecutivos es el jefe de la Horda o el mismo Sauron.
Finalmente la condena fue redimida, el baño fue alicatado y hubo gran regocijo (por mi parte). Posteriormente corrieron rumores de que iban a levantar los azulejos para poner las cañerías. Que estaban en el briefing, seguro. Y se sigue sin saber si los azulejos deben ir en filas o al tresbolillo.